
El lenguaje habla por sí mismo, para frustración de quien intenta comunicar una idea y tiene que acostumbrarse a la multitud de sentidos que nacen de sus palabras. Pues toma tiempo aceptar que aprender un idioma es un certificado de creador con herramientas tan versátiles, que todo lo que sale de su taller cobra inesperada viva propia. Un sedoso fluido que se torna moldeable en su liberación de las rejas del papel, la pluma, las cuerdas vocales y la pulsación digital. La concepción de un ser que del brusco roce corporal y la emoción obliga a ser cuidado, para luego andar en experimentos propios construyendo sus inimaginables universos. Un alma tan valiosa que en todas las historias el diablo siempre anda comprándola, ofreciendo como pago riquezas y deseos, lo cual le parece precio pequeño por lo que adquiere. Anhelando arrebatar a hombres y mujeres el toque de divinidad que despierta la incapacidad de acumular lo robado, el llamado a darse al otro, la entonación con la música de las cosas, y el entendimiento de una sombra que revela la fragilidad de los colores.
