
Las repeticiones eran aderezadas por la dulce carcajada del niño. El silencio de la última le resultó extraño y al descubrir sus ojos, la criatura ya no estaba allí; solo el principio de un bosque denso y desconocido que lo observaba, quieto en su espeluznante tranquilidad, y al que nunca nadie se atrevió ir a explorar. Arrastrando la costumbre isleña me recomendaba, ya en los mares del norte, que abandonara la insistencia del adjetivo cabrón, como muletilla para todo lo superlativo o bochornoso. La lista de ajustes resultó, por descubrimiento propio, más extensa y persistente de lo anticipado. El agua del Nilo viaja 6,825 kilómetros, comenzando en un pequeño manantial en Etiopía y eventualmente desbordándose en el inmenso delta del Mediterráneo, no sin antes haber mantenido esplendorosas civilizaciones, por más de cinco mil años. Recorrido de promesas de perfección a deidades de imborrable memoria que aún nos persiguen, como quien persevera en la justeza de cobrar, la más vieja de las deudas. Una lejanía alimentada de pieles replicadas, cada una con el más mínimo de los cambios, aparentando un progreso que se desmoronaba en la resurrección del último cabrón, que le tocó escuchar a Manuela.
