Obstinada morfología

Ingenuidad es confíar secretos a los dormidos que hablan con los ojos abiertos. Mi cerebro se cansa y luego de un día lleno de lecturas, reflexiones y escritos necesita reposo. El hecho de que al otro día pueda continuar con una similar rutina que añade novedades, evidencia que mi mente se agota pero jamás se llena o vacía. Una masa encerrada en un espacio reducido capaz de acumular y crear, para todos los efectos, de forma infinita. La presente insistencia en narrar la historia no sobre lo acontecido, sino como la confirmación de mitos, no hace más que retomar prácticas tan antiguas como las del pensamiento medieval, o las civilizaciones prehispánicas en Mesoamérica y los Andes, entre muchas otras. La inmensa mayoría de un pasado humano que adora las fantasías y las halla mucho mas emocionantes que cualquier estudio analítico, junto a un poder que aprendió a alimentarlas como el sustento que los mantiene en el privilegio. La oposición también tiene sus leyendas y mientras mejor las pule, más se acerca a la toma de las riendas. Sobre esta base, ninguno de los dos campos ha sido capaz de implementar justicia. Solo los pensadores estudiosos saben algo de lo que hablan y entienden un poco mejor las cosas, pagando el precio del aislamiento y la falta de brillo que deslumbre a los muchos a imitarlos en sus formas. Gramática de sintaxis limitada que nos fue dada con la fuerza de la profunda tradición, exigiendo todo el vigor escondido de un intelecto contaminado para zafarse de esta. Si los cuentos de primavera fueran ciertos y lográsemos que no se los roben los oportunistas mentirosos, otra sería la trayectoria.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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