
El regalo de la niñez que se deposita en el recién nacido, es a la vez encargado para su cuidado a los adultos que lo criarán. Los efectos de esos iniciales años determinarán el resto de su vida, con casi ninguna responsabilidad que pueda ser reclamada por su felicidad o tristeza, al que vivió la infancia en carne propia. No quedan así puntos iniciales, sino solo fuerzas continuadores o represivas que se gastan el resto de la existencia reaccionando y, en el peor de los casos, sucumbiendo ante lo que incansable se susurra inevitable. Semillas que, dulces o becerras, anuncian la futilidad del éxito o el descubrimiento del inmerecido tesoro, que de reojo avista el cometa sin seguridad de ser en el cielo belleza o destrucción que incendiará para siempre la maleza. Es como la colonia atrapada en su resistencia que a pesar de celebrar a Santa, no fue hasta el exilio donde aprendió que a los malos en vez de un bofetón, se les regala carbón. Sueño ajeno que exprimido en la rendija, despierta entre la laboriosa conjugación que revive en la nieve, la textura de la arena.
