
Lavarse las manos, no como evasión de la responsabilidad, sordera ante la incesante voz de la tumba, sino como manifestación del abandono, renuncia al sacrificio del otro, un nuevo y conocido camino, la sangre como arrepentimiento y conversión, maldición de la recurrencia.
Antiguos destruían el tope de sus pirámides para añadir rellenos y construir una mayor encima. La prioridad era para el presente como propuesta de futuro. El pasado era preciso sepultarlo. Los arqueólogos del hoy, fascinados con lo que fue desentierran, con la esperanza de entender las bases sobre las que se edificaron las culturas. Dos presentes que en su momento insisten en la dirección contraria. En el cenit de la gloria, la celebración es suprema y el pasado de pobreza pierde valor. Pero cuando el presente es de crisis, la búsqueda y recuperación de la vieja gloria salta al primer lugar de la agenda, el deseo inmenso del volver.
Cuentan del silencio de los gallos la madrugada que Cipriano sembraba de miedo. Bandolerismo de unos cuantos que se tragan el sentimiento patriótico de quienes hace algún tiempo se rindieron, mirando de lejos. La desesperación de un improbable porvenir. Última batalla sellando la derrota. Idea que se queda en nosotros sin ser nuestra. El llamado inconsciente a repensar un futuro que aún no se define, sobre las cenizas que el otro deja.
