
Las ansias de la juventud se han convertido hoy en tolvaneras cansinas, asentadas en mi biblioteca, la familia que me rodea y el terreno que nos acoge. No con esto las quiero clasificar olvidadas, todo lo contrario. Solo que el antiguo ímpetu desconsiderado ahora se invierte de manera más sosegada, aunque sostenida, en la reflexión de las formas y significados que todas aquellas aventuras cargaron. Envueltas en una renovación que las afina con la letra, ampliándoles su alcance y profundidad, y también, por qué no, la saludable duda que lima la insensatez. Desvencijado el cuerpo, mente y corazón han tomado las riendas, en una finura de estilo que se convence y confirma en la belleza del producto y en su inegociable deber de despertar emociones. Así, las muescas que fueron marcando el alma se ofrecen listas para acoger a todo lo que aparezca con espíritu de agua y silbido de viento. Una recua de textos que me han perseguido por el planeta insisten en su relectura, abriendo caminos a estirpes de sueños que pasaron desapercibidos la primera vez. Inveterados rituales que reescriben su significado, develando un mensaje que permaneció oculto, sabio, esperando su momento. Es como no haber aceptado que Ondina sí vivía bajo el agua, por créelo impensable y motivo de delación, para con la segunda o quizá tercera mirada abrazarla y descubrir que el misterio es parte integral de lo que somos, en un universo donde el azar y la sorpresa nos exigen calma para pensarlo, pues la verdad a final de cuentas está entretejida en una sencillez, que toma toda la vida entender.
