Lo nuestro es mental

Mientras trataba de entenderlas en palabras, las matemáticas y la química permanecían difíciles. Pero una vez lograba verlas en mi mente, sin la lógica del lenguaje, todo se hacía más sencillo. Algo similar sucede con la poesía, pues aunque siendo una construcción gramática, el verso responde a un orden interno, diferente al que se usa en el intercambio diario con otros.

La lógica de la medicina que cure es la misma que la de lotería o la revolución. Un cantazo que solucione el problema de una vez y por todas, sin necesidad de largas y pacientes estrategias como comer saludable, ahorrar o transformar la sociedad en el cambio pausado, pero quizá más duradero y efectivo, de la consciente cotidianidad.

Es inútil pretender encarcelar la marea, cantando sus alabanzas. El antropólogo británico Maurice Bloch nos muestra como un niño adquiere una comprensión de lo que es el hogar, mucho antes de aprender la palabra. Mientras David Graeber nos enseñaba que ser anarquista es comportarse como si el Estado no existiera, desbancando la base misma de un sistema de derecho que depende de la constante aceptación ciudadana de su inevitable realidad para su funcionamiento.

Así la odisea más grande de todas, la historia del héroe que más perdurabilidad ha tenido es la de aquel que luego de la guerra y la perdición persistente, solo tiene como meta, llegar a su casa. El origen del entendimiento que brinda incomparable paz y felicidad, realidad que con frecuencia se acepta con profundidad, luego de haber vivido buscando y persiguiendo lo que desde un principio olvidamos, pensando no haber tenido.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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