
Veinte veces y son pocas, se refiere Homero al amanecer en La Odisea con la oración “los recién nacidos dedos rosa de la mañana.” Los exegetas ven en el gesto confirmación de la herencia oral que el texto carga, los poetas la necesidad de repetir el milagro que, olvidándolo sus recipientes por cotidiano, les concede rodar por las minucias que entre estos alimentan la batalla, frente a una naturaleza que sin cesar los iguala.
En el Anūnatvāpurṇatvanirdeśaparivarta, texto budista del siglo quinto, originalmente escrito en sánscrito y del que solo sobrevive una traducción en chino, se declara que por el universo no tener principio ni fin, la energía tampoco puede ser creada ni destruida. Mil años después que Parménides postulara lo mismo, idea que aún perdiste como fundamental e inviolable en la ciencia moderna y que en la mentalidad popular se pierde, en las prácticas que con libertad y despreocupación consumen la vida propia y de otros; la falacia de que su falta de valor la hace desechable.
Una casa en la estepa sobresale por encima de la hierba a gran distancia. Pero los frecuentes recorridos a caballo la pueden hacer desaparecer en el inmenso e indistinguible horizonte de verdes y amarillos que, sin puntos de referencia haría a cualquier forastero perderse en la desesperación de su inesperada muerte.
