
Nos decía el filósofo español Xavier Zubiri, a mediados del siglo pasado, que la gramática nació en la antigua India, cuando las necesidades de una liturgia que pretendía alcanzar la perfección representativa de los ciclos divinos, necesitó organizar la escritura de tal forma que comunicara con precisión y a la vez, infundida de espíritu, las reglas y significados de la práctica ritual. Si fueron estos los primeros en empeñarse con tal relación es hoy cuestionable, pero la idea de un leguaje escrito que capturara la vinculación humana con la divinidad, evento que se repitió en todas las culturas que comenzaron a redactar sus experiencias, queda aún entre nosotros y se ejerce, cada vez que comprometemos nuestro pensar y sentir al papel o la pantalla, así como lo hicieron los primeros escribas sobre la piedra, el papiro, la corteza de los árboles o el cuero de algún animal, haciendo de los principios de un instrumento cargado con la magia interminable de la naturaleza, una herencia que, se practique con conocimiento o no, continúa su rol transformador que se manifiesta a través de su gran número de múltiple posibilidades y simultáneos significados, capaces de imitar el todo en su poder de transformación y creación.
En villas residenciales de Pompeya y Herculano, caudalosos propietarios acumularon impresionantes biblioteca de clásicos griegos y romanos que, en la erupción del antiguo Vesubio, quedaron sepultadas bajo la ardiente ceniza. Los arqueólogos que desde el siglo dieciocho vienen excavando las ciudades, han intentado en el último siglo y medio de rescatar los calcinados textos, con poco éxito. Algunos de los centenares de cilindros de las exquisitas bibliotecas se intentaron desenrollar, causando una destrucción que detuvo el esfuerzo hasta recién, donde la inteligencia artificial ha logrado abrirlos de manera virtual y, gracias a la alta calidad de la tinta usada, podido comenzar a leer lo que se va perfilando como la confirmación de textos conocidos y, más importante aún, una gran cantidad de escritos desaparecidos de la antigüedad que tiene a los expertos hablando de un nuevo Renacimiento, así como lo tuvo la Europa medieval, cuando los libros que se pensaban perdidos de la sapiencia griega y romana se comenzaron a traducir al latín, gracias a la conservación que las culturas árabes supieron hacer por varios siglos.
