
Los revolucionarios son asesinos, y clamar por el regreso de lo anterior es la falta de profundidad que, para empezar, fue lo que trajo a los revolucionarios. No hay mayor sorpresa que la que se prepara colocando a un ser querido fuera del círculo de amor y cercanía. Un hijo que es suficientemente joven como para evitar la acaparadora e inevitable formación familiar, pero a la vez con edad para haber capturado lo esencial de la ética de sus padres, digamos enviado a estudiar en un internado entre los 7 y 12 años, es un buen ejemplo de lo inesperado que será el joven que regrese, pasado algún tiempo. Desprovisto del cotidiano apoyo emocional, y a la vez obligado a escarbar entre las enseñanzas que sus progenitores le proveyeron en la niñez, un ser humano tiene la capacidad de negociar, de manera inesperada, una estrategia de supervivencia que se manifiesta en su seleccionada personalidad. El resultado no solo será una enseñanza viva de lo que fue capaz, sino del ejemplo y educación con que sus padres lo equiparon en sus años más importantes. Esta práctica de iniciación, en todas sus variantes, ha sido parte de las culturas humanas, con plena evidencia arqueológica para sostener la evidencia de su práctica, desde la profunda antigüedad. Con mucha buena suerte y atención a la salud, puede que tenga disponible unos 20 años más de vida. Intentaré entonces terminar de leer y releer todos y cada uno de los libros físicos de mi biblioteca. Una vida de acumular textos clásicos que borran la preocupación de perder mi tiempo en páginas de poco valor. No tengo que comprar nada más, aunque desearía, pero se siente iluso. Además ya no tengo tanto dinero como en la brevedad de un antes tuve, y internet me sigue proveyendo fabulosos títulos que sigo explorando. Es más que suficiente. Siempre he sabido que no terminaré, y ahora esta realidad se acentúa de manera sorpresiva, pues con cinco décadas de lecturas hoy solo toma una página, un párrafo, en ocasiones usa sola oración, para desembocar salvaje una imaginación sostenida por lo conocido, sembrándome por horas o días, en la más fabulosa de las escrituras. Si lo pienso de otra manera, no es tanto que no llegaré, sino que por fin lo he hecho.
