A modo de síntesis

Los revolucionarios son asesinos, y clamar por el regreso de lo anterior es la falta de profundidad que, para empezar, fue lo que trajo a los revolucionarios. No hay mayor sorpresa que la que se prepara colocando a un ser querido fuera del círculo de amor y cercanía. Un hijo que es suficientemente joven como para evitar la acaparadora e inevitable formación familiar, pero a la vez con edad para haber capturado lo esencial de la ética de sus padres, digamos enviado a estudiar en un internado entre los 7 y 12 años, es un buen ejemplo de lo inesperado que será el joven que regrese, pasado algún tiempo. Desprovisto del cotidiano apoyo emocional, y a la vez obligado a escarbar entre las enseñanzas que sus progenitores le proveyeron en la niñez, un ser humano tiene la capacidad de negociar, de manera inesperada, una estrategia de supervivencia que se manifiesta en su seleccionada personalidad. El resultado no solo será una enseñanza viva de lo que fue capaz, sino del ejemplo y educación con que sus padres lo equiparon en sus años más importantes. Esta práctica de iniciación, en todas sus variantes, ha sido parte de las culturas humanas, con plena evidencia arqueológica para sostener la evidencia de su práctica, desde la profunda antigüedad. Con mucha buena suerte y atención a la salud, puede que tenga disponible unos 20 años más de vida. Intentaré entonces terminar de leer y releer todos y cada uno de los libros físicos de mi biblioteca. Una vida de acumular textos clásicos que borran la preocupación de perder mi tiempo en páginas de poco valor. No tengo que comprar nada más, aunque desearía, pero se siente iluso. Además ya no tengo tanto dinero como en la brevedad de un antes tuve, y internet me sigue proveyendo fabulosos títulos que sigo explorando. Es más que suficiente. Siempre he sabido que no terminaré, y ahora esta realidad se acentúa de manera sorpresiva, pues con cinco décadas de lecturas hoy solo toma una página, un párrafo, en ocasiones usa sola oración, para desembocar salvaje una imaginación sostenida por lo conocido, sembrándome por horas o días, en la más fabulosa de las escrituras. Si lo pienso de otra manera, no es tanto que no llegaré, sino que por fin lo he hecho.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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