
De alguna manera u otra todos, tanto en la antigüedad como el presente, en breves momentos o por largos periodos que tientan la permanencia, nos hemos ido a la montaña, el desierto o cualquier versión metafórica que nos haya hecho posible la separación y la soledad, siempre con la esperanza de apagar el ruido del diario y, en la paz del silencio, intentar encontrarnos a nosotros mismos. Es como si el verdadero ser se nos hubiese dado al nacer, quizá con la intención que tuvo la sabiduría del azar y, la cultura, no la vida, se ha encargado de irnos separando de el poco a poco, moldeándonos en lo que piensa el suponer, sin haber tomado particular interés en considerar y cultivar el talento que la personalidad del infante suele mostrar, desde muy temprano, aun desde el vientre, haciéndonos, en la inmensa mayoría de los casos, la versión negociada entre un interés ajeno que termina con la mejor tajada, y una energía interna casi apagada, pudiéndose afirmar, con poco margen de error, que los llamados genios, esos individuos que de manera mágica se destacan con la maravillosa contribución de un talento inexplicable, son los que desde pequeños tuvieron la oportunidad de desarrollar lo que traían, en un ambiente de balanceados y saludables incentivos y retos, pretendiendo descubrir la naturaleza de el regalo, más que imponer lo que se entiende, como mejor y necesario.
