Lluvia de siete caras

Los dados están casi siempre en el cielo, cayendo solo por un segundo fugaz, en lo que vuelven a recogerse para inmediatamente ponerlos a volar. La permanencia de lo visto se disuelve casi tan pronto como se revela, haciendo de la incertidumbre nuestro modo casi permanente de existencia. El momento, por raro e irrepetible, se convierte en la más valiosa de las joyas, y su recuerdo es dulce nostalgia si se supo apreciar, o pesada carga en el tormento del arrepentimiento si no. Tresmil años atrás los chinos ya tenían su I Ching, usándolo como texto para fundamentar tanto el confucionismo como el taoísmo. Una serie de hexagramas que se leen sobre el suelo, luego de haber lanzado unos palitos o monedas al aire, representando la confirmación de un instante en el tiempo que ayudaba a su lector a descifrar las preocupaciones que se le presentaban a la ceremonia. Carl Jung, en su célebre introducción a la traducción inglesa del eminente libro chino, comparaba las sincronías del azar antiguo, con las de la mecánica cuántica para descifrar la realidad de la coyuntura, donde la subatomica oscuridad de lo escondido adquiere poder, ofreciendo el secreto como herramienta. La vida que se decide desde lejos, en el diminuto salón de los reflejos. Dejando solo el olfato para el sometido, como estrategia de prestidigitación cosmológica. Arqueología de hoyos que aprendió a leer las capas, desenterrando las historia que los ejércitos pensaron para siempre sepultadas. Una ira suavizada por los milenios que se entremete en las conciencias bajo el polvo que insiste en enterrar los libros. El rey de bastos que regresa a la baraja y paciente espera que su mano sea otra vez repartida, como siempre piensa que ha sido, por los siglos de los siglos.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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