
Los dados están casi siempre en el cielo, cayendo solo por un segundo fugaz, en lo que vuelven a recogerse para inmediatamente ponerlos a volar. La permanencia de lo visto se disuelve casi tan pronto como se revela, haciendo de la incertidumbre nuestro modo casi permanente de existencia. El momento, por raro e irrepetible, se convierte en la más valiosa de las joyas, y su recuerdo es dulce nostalgia si se supo apreciar, o pesada carga en el tormento del arrepentimiento si no. Tresmil años atrás los chinos ya tenían su I Ching, usándolo como texto para fundamentar tanto el confucionismo como el taoísmo. Una serie de hexagramas que se leen sobre el suelo, luego de haber lanzado unos palitos o monedas al aire, representando la confirmación de un instante en el tiempo que ayudaba a su lector a descifrar las preocupaciones que se le presentaban a la ceremonia. Carl Jung, en su célebre introducción a la traducción inglesa del eminente libro chino, comparaba las sincronías del azar antiguo, con las de la mecánica cuántica para descifrar la realidad de la coyuntura, donde la subatomica oscuridad de lo escondido adquiere poder, ofreciendo el secreto como herramienta. La vida que se decide desde lejos, en el diminuto salón de los reflejos. Dejando solo el olfato para el sometido, como estrategia de prestidigitación cosmológica. Arqueología de hoyos que aprendió a leer las capas, desenterrando las historia que los ejércitos pensaron para siempre sepultadas. Una ira suavizada por los milenios que se entremete en las conciencias bajo el polvo que insiste en enterrar los libros. El rey de bastos que regresa a la baraja y paciente espera que su mano sea otra vez repartida, como siempre piensa que ha sido, por los siglos de los siglos.
