
Las vidas han sido tantas que al revisarlas, a veces casi ni me conozco. Un corazón, cerebro y cuerpo que cargan una memoria ancestral interaccionando con cada una de sus épocas, su naturaleza y su historia según la cuentan las muchas versiones que lo intentan. Hay algo que nació conmigo que nunca cambió, pero cuántas maneras tiene la misma cosa de manifestarse a través del tiempo. Modificaciones en las actitudes políticas de los ciudadanos son tan poco comunes que, contrario a los que nos haría pensar la modernidad, ofrecen entendimiento para el paso centenario o hasta milenario, de las poblaciones y civilizaciones en la antigüedad. El placer que corre por las venas en la postura y el movimiento sensual. La apertura de unos ojos sobresaliendo sobre la brillantez del rostro que leyó y entendió, viéndolo como si hubiese estado allí, comparable solo con la expandida alma que sostuvo la pluma que lo escribió. La comprensión de que los únicos humanos con los que se puede contar te traicionarán y aun así, son los que sanarán tu soledad. La dulce separación que te permite organizar los vientos que llevas adentro. Sloterdijk nos habla de la burbuja que el humano crea a su alrededor con la habilidad de construir herramientas. Una esfera que lo va liberando de su relación directa con las penurias de la naturaleza, dándole la opción de la creación y a la vez de la integración con sus alrededores, si es que así lo desea. Una historia tan larga como nuestra presencia en el planeta, donde la idea de la autosuficiencia se solidifica, mientras entiende la futilidad de lograrlo y permanecer a solas. La maravilla de preguntarse dónde comenzaba el azar cuando de adolescente entraba a una librería y me topaba con el título inesperado que se unía al pensar del momento, y la preocupación alegre y sospechosa de escribir mis reflexiones en forma digital y paso seguido, hallar en las redes la publicación que apunta al eslabón perdido de mi reflexión.
