
Si de repente miro, preferiría hallar la nuca del buitre. Un minuto más para encontrar la magia que me atribula no tener desde pequeño. Juramento sin novia frente al altar. Mejor amargo pues no empalaga. ¿Acaso Sísifo no va consciente contra la corriente, aceptando el consejo de verlo feliz?
Avanzado el proyecto de destruir la divinidad, aunque nunca terminado, nos quedó un inmenso hueco; pues incapaces de divorciarnos de la lógica que las cosas, alguien tiene que haberlas creado, nos pareció natural ocupar el puesto que antes pertenecía al sagrado. Aun las matemáticas terminaron concordando, en una mecánica cuántica que pone al ojo humano, como hacedor de todo lo que piensa y tocan sus manos. Truco sofisticado del viejo supremo, que arrepentido de sus misterios apela a la ambición que depositó en nuestro seno, para que embriagados en la idea de nuestro cerebro, asumiéramos sin darnos cuenta la construcción de un mundo incompleto, condenado a la espera de un azar que todavía juega, a los ajustes del recreo. Donde el omnipotente que en la antigüedad resentimos por perverso, nos cedió su lugar, quedando ahora atrapados en la horrible persistencia de lo incuestionable que aparece, todas las mañanas en el espejo.
Mi niño de adolescente, que me adoraba cuando era pequeño, hoy a veces me vira el rostro pronunciando palabras indescifrables que se revelan en el gesto. Español y puertorriqueño siento entonces una ancestral energía que se suelta, desde el centro de mis ancestros, un bofetón en un microinstante siento, es lo que merece el altanero, cuando del amor que nació junto con el recuerdo, engrosado en los años de tantos buenos sentimientos, me propone que en la historia ahora debo intentar el cariño, por encima de todo lo que pienso.
