Otra cosa

Si de repente miro, preferiría hallar la nuca del buitre. Un minuto más para encontrar la magia que me atribula no tener desde pequeño. Juramento sin novia frente al altar. Mejor amargo pues no empalaga. ¿Acaso Sísifo no va consciente contra la corriente, aceptando el consejo de verlo feliz?

Avanzado el proyecto de destruir la divinidad, aunque nunca terminado, nos quedó un inmenso hueco; pues incapaces de divorciarnos de la lógica que las cosas, alguien tiene que haberlas creado, nos pareció natural ocupar el puesto que antes pertenecía al sagrado. Aun las matemáticas terminaron concordando, en una mecánica cuántica que pone al ojo humano, como hacedor de todo lo que piensa y tocan sus manos. Truco sofisticado del viejo supremo, que arrepentido de sus misterios apela a la ambición que depositó en nuestro seno, para que embriagados en la idea de nuestro cerebro, asumiéramos sin darnos cuenta la construcción de un mundo incompleto, condenado a la espera de un azar que todavía juega, a los ajustes del recreo. Donde el omnipotente que en la antigüedad resentimos por perverso, nos cedió su lugar, quedando ahora atrapados en la horrible persistencia de lo incuestionable que aparece, todas las mañanas en el espejo.

Mi niño de adolescente, que me adoraba cuando era pequeño, hoy a veces me vira el rostro pronunciando palabras indescifrables que se revelan en el gesto. Español y puertorriqueño siento entonces una ancestral energía que se suelta, desde el centro de mis ancestros, un bofetón en un microinstante siento, es lo que merece el altanero, cuando del amor que nació junto con el recuerdo, engrosado en los años de tantos buenos sentimientos, me propone que en la historia ahora debo intentar el cariño, por encima de todo lo que pienso.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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