
Desde la tracia se vienen riendo y sospecho, que el asunto es aún más viejo. Allá donde la colina orienta el riachuelo y por más anciano que parezca, vuelvo a ser niño de nuevo. Joyas que nacieron de la burla y el llanto, donde el amor ayuda a sobrellevar lo que es pura lucha por la sobrevivencia y el canto. Luego apareció el cartero, cargando promesas de nuevos ingresos, y más tarde la inesperada invitación que, con su lucrativo ofrecimiento, se ganaba el desprecio de los que amaban conjugar sus antiguos verbos. Un dolor intenso por perder lo que el largo tiempo demostró no ser mío; como nada lo es. Sino que son las cosas que pretendo ir adquiriendo las que me moldean y ese resultado, el que cargo conmigo a donde quiera que esté, es lo unico que realmente es. Un anuncio improbable de lluvia que por temerlo, ya nos hizo paraguas. Artificio de serlo, sin llegar a saberlo. Profeta de la desgracia invicible que condena a decir verdades sin hacerlo. Tarde ya en el lecho despertando el sueño, un diluvio de códices claves que luego no recuerdo, incluyendo el sentimiento de deber entenderlo. Con la cabeza de flecha ardiente cargando a cuestas, acumulo eventuales deseos de la memoria, para cuando la musicalidad de la letra tome precedente, y la ejecución de aquel fuego se exhiba en la última historia que leo. Como si el corazón se exilara del cuerpo y autónomo, se hiciera capaz del más bello pensamiento. Orificio que de antiguo oficio se haga pulpa etérea que espante mientras conjura, las herencias que dejar quiero.
