
Olvidamos lo divino en favor de la metafísica, la filosofía en favor de los océanos, los mares en favor del electrón, y el futuro en favor del presente como el único de todos los tiempos. El renegado ritual, el despojo de lo acumulado, la limpieza que en libertad nos permite releer los históricos documentos, entre la siembra y el alimento de los pollitos. Es el preciado lapislázuli que a todos digo tengo y que por desconocerlo, a nadie le interesa tenerlo. Así cuando lo engancho al aire en los cordeles del tiempo seco, no me da miedo y me entristezco. Por suerte tengo enamorada a la humedad, para que no destroce mis libros, colando café de testigo en las mañanas de paso fino. Un teatro de cortina en las ventanas que abre su acto matutino, en la emoción de rayos desabrigando la idea que agotada anoche se quedó dormida. Si despierto es porque la poción, que de extraña opción me preparan se quedó en el frasco del perdón y la esperanza. Yo me hago el desentendido, para que piense no sé nada. Ella se alegra que ya no duermo, para que me cuestione las sospechas de su empeño. Y ya para el almuerzo nos encontramos agradeciendo la finitud de lo nuestro, optando por lo más dulce que merece el corto momento. Pues en el horror de ser eternos no tendríamos mas remedio que hacerlo todo, en una infinidad de sustos y repetidos disgustos, donde solo la mitad del tiempo quedaría, para practicar la mirada que no guarda remordimiento.
