
Una cosa es la humanidad y otra muy diferente los humanos. La primera tiene un carácter cosmológico que implica generalización, la segunda es el gesto caótico e impredecible que constituye la primera. Cada individuo construye también un cosmos, y cada universo, ya nos vamos acostumbrando, es uno de los componentes de un multiverso mayor. Donde quiera que nos coloquemos, siempre estaremos a la mitad del camino entre dos infinitos que se expanden en ambas direcciones, hacia lo pequeño y hacia lo inmenso. La simplicidad o complejidad de cada estación depende del detalle con que se estudie.
Hay una puerta en mi casa, la de mi biblioteca, que al traspasar me lleva siempre a la dimensión desconocida que, por su rareza de ofrecimientos contrarios a la rutina, es adictiva. Cuando marcho por otros lugares, como junkie, por lo regular ando pensando en el viaje que me ofrece ese mágico espacio, sus luces psicodélicas, la elevación que brinda el ángulo mayor, los temerosos y excitantes vientos del embrollado saco de pormenores, la oportunidad de reordenarlos de manera personal, única, nunca vista ni posible de repetir y que aún así, sabe a tradición.
No todo el que mira el lago, nos decía Sarte, se convierte en Narciso, pues la mayoría de los reflejos en que buscamos vernos son fragmentados por el medio, bamboleantes imágenes que nos confunden o, en el mejor de los casos, llevan a la pausada reflexión que intenta armar los flujos de una posible le definición, un momento en el tiempo, entre muchos, que solo tienen el permanente cambio en común.
