
Hubo primaveras de confusión que ansioso disfrazaba de pretendidas certezas. Para luego, en el tardío otoño abrazarlas como la entonces irreconocible fuente de saberes pujando la ruptura de tapas que forzaban la convicción. Así aprendí a dejarme llevar por la sabiduría de la marea, aceptando que todo escrito me lleve a otro. Si no lo hace, cuestiono hoy su calidad; por eso nunca termino y es lo mejor. El sentido de final atado a la verdad fue de las cosas que más me retrasó en la juventud. Pero la insistencia tiene también su lado pedagógico, si es que se llega a entender como camino y no como arribo, pues llegar es siempre un desastre, ya que a menos que se respire solo por un instante de placer y se retome el andar, sentarse es letal. ¿Qué razón podrá tener el alma, que pura vive entre los que poseen el conocimiento total, directo, de venir a este mundo en el vaso de cada recién nacido y participar en la confusión e incertidumbre de los sentidos? ¿Será que sentir le es vedado a los dioses? ¿Es acaso la felicidad de un niño que juega en el barro la envidia de lo supremo? Y, ¿cómo se puede ser divino con el conocimiento total que niega la necesidad, haciendo deseable la práctica? Bruce McCandless II, original de Boston, fue primer astronauta en flotar en el espacio solo, sin ataduras de ningún tipo a su nave espacial. Pues por alguna razón, si los dioses no son capaces de evitar la tentación de la experiencia humana, nosotros también tenemos la urgencia de acercarnos lo más posible a ser como ellos, aún sabiéndolo inalcanzable.
