
Obsesionados como siempre hemos estado desde la piedra tallada, con cada nueva tecnología, la presente, por ser capaz de decirnos en cada momento donde estamos, nos tienta a pensar que también puede —y ella se ofrece deleitosa—, informarnos con precisión sobre quiénes somos. La insatisfacción con la certidumbre de la segunda pretensión es palpable, aún cuando con amplitud se desee que el mundo digital esté en lo correcto, cuando nos narra con su abrumadora evidencia, la constitución íntima de nuestro ser y pensar. Por suerte, a los humanos se nos hace imposible abandonar la sospecha y, la pregunta siempre es, ¿a quién sirve la descripción analítica que da lo artificial sobre lo que soy? Pues pensar que lo que esta nos dice sobre nuestra naturaleza es neutral, solo tiene cabida en la más ingenua de las actitudes, aquella que en su compromiso inalterable con la comodidad, ha desechado el reflexionar, rumbo campante a su meta de no tener que esforzarse por nada, como si el confort viniera sin precio. Desafortunadamente esta actitud laxa es la de mayor y extendida práctica, aunque es posible que siempre haya sido así, llamándonos a cuestionar una lectura que la encuentra creciente hacia el hoy y, por lo tanto, atada con exclusividad a una intención que desde algún momento relativamente reciente se ha ido desarrollando, en lugar de verla además como parte de una naturaleza humana que responde a ciclos mucho más largos en el proceso de evolución, de la cual algunos han ido aprendiendo a tomar ventaja, para mejor posicionarse.
En el siglo XVI, el soldado alemán y especialista en artillería, Hans Staden, seducido por el espíritu aventurero que rondaba en algunos rincones de la Europa colonizadora, decide perseguir su deseo de embarcarse y conocer la India. Así viaja hasta Holanda con el propósito de navegar hacia Portugal, en donde espera encontrar navío que lo contratase por sus conocimientos militares. Sin embargo, al llegar a la península ibérica descubrió que la temporada de embarcaciones para la India ya había partido, optando entonces por emplearse en un navío portugués que salía para el Brasil. Las aventuras que siguieron y que duraron varios años antes de su regreso, las publicó en un libro que tuvo mucho impacto y gran distribución en toda Europa. Un relato homérico que narra un periplo de numerosos descubrimientos, aventuras, naufragios, búsquedas, batallas y capturas en donde todos tenían por común la oración al dios católico que siempre se lleva el crédito por haberlo salvado de la perdición y la muerte, y sobre todo de la constante amenaza de ser devorado por los salvajes de las tierras brasileñas que mostraban, según el, su falta de respeto al quererle arrebatar sus tierras y querer cocinarlo. En ocasiones escribe como sus captores celebraban frente a él la alegría de que ya habían conseguido la comida para la aldea y la familia, y la manera que en otras hasta llegaron a morderlo con la explícita intención de probar un adelanto de la cena. Sin embargo, y a pesar de la repetición continua de las capturas, la convencida certeza de sus temores y amenazas de los locales, nunca llegan a comérselo y tampoco nos muestra evidencia de que haya presenciado algún acto de canibalismo hacia otros. Esto es importante pues en otro texto de similar naturaleza que le sigue, Bernal Díaz del Castillo, autoproclamado pacificador de salvajes en los conquistados territorios españoles, y el cual muy probablemente conocía y había leído a Staden, reproduce la misma insistencia en los peligros y temores a ser víctima de las costumbres de los habitantes previos del lugar, en este caso México, de consumir carne humana, pero sin presentar prueba directa, más allá de los rumores. Este es el análisis que hace el antropólogo norteamericano William Arens, en su controversial libro “El mito del come-hombres,” en donde procura desbancar lo que no era más que un prejuicio compartidos entre los aventureros con historias que aseguraban describir la realidad y sus lectores que, desinteresados por la crítica, se hallaban más que satisfechos con el dibujo que se les brindaba.
