Christopher Nolan logra con una película acaparar la imaginación de un público saturado de imágenes y ruidos que desde todas partes intentan lo mismo. Los elementos claves en esta conquista han sido la calidad y la atención al detalle, vencedores de toda la interminable oleada de repetitiva mediocridad y, por supuesto, el uso de una historia legendaria que, también por su devastadora creatividad, ha podido permanecer pertinente por milenios. La presente situación me hace pensar en una antigüedad donde los textos de Homero reinaban casi solos y, por largo tiempo dominaron tanto la conversación callejera sobre el deber y sus consecuencias, como la reflexión filosófica que no podía evitar tener que citarlos como referencia, en la construcción de cualquier nueva idea.
Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.
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