
Nos dice Sloterdijk que el practicante de la felicidad vive una burbuja que por esférica rueda, nunca en peligro de toparse con pared alguna. Pero el deprimido se rehúsa a escuchar lo que considera propaganda, viendo en contraste un círculo con bordes limitantes que, mostrando tras vitrina el afuera que con malicia niega, se le hace cada vez más pequeño, más asfixiante.
El coro en la salsa que apoya al sonero continúa la tradición de antiguas culturas —consolidada en las épicas escritas Homero—, de permitir la producción de poesía improvisada en el acto, ayudada por el esquema de una historia de trasfondo en fórmulas literarias que se repiten; la estructura del pie forzado. El rap y el reggaeton rompen con este molde, exonerando la construcción poética de las trabas de una trama restringida, y poniendo la creatividad lírica como centro libre para tomar la dirección que desee, en una narrativa hilvanada, y a la vez inesperada. Pero el lenguaje siempre necesita una plantilla sobre la cual desplazar su arte, siendo el martillado ritmo monótono de la música el que ahora satisface esa necesidad, negándose a sí mismo el protagonismo que cede en su totalidad al cronista, para éste disponer de él como mejor le parezca.
Queda así emancipado el autor para explorar toda imaginable forma, teniendo solo que batallar consigo mismo y su expectativa de audiencia que, mientras más rápido se zafe de la adicción del aplauso, más cerca estará de la posibilidad de abrir el camino que sobre los imprescindibles vientos de la tradición, permanecía hasta el momento inexplorado.

