
Si recuerdo la memoria que tenía de todos los números telefónicos de mis amigos y familiares, junto con sus fechas de nacimiento, se me hace fácil desarrollar un argumento sobre la veloz pérdida del pasado en las presentes generaciones, y sus consecuencias en los planos de poder y servidumbre en que se nos ha ubicado. Pero luego de deleitarme en las capacidades mentales de mi juventud, las cuales eran comunes entre todos los conocidos, intento pensar en los nombres de mis cuatro bisabuelas, tan solo tres generaciones atrás, tiempo tan corto que claramente veo los momentos que compartí con una de ellas, de la única que recuerdo como se llamaba, entendiendo entonces que la debacle que solidifica la incapacidad de narrar mi anterior cercano, lleva rodando por más décadas de lo inicialmente creído. El asunto es mucho peor cuando se piensa que las generaciones anteriores a Homero eran capaces de recitar “by heart” La Ilíada completa. El inevitable reino de la inmediatez que, de interesante manera es insostenible sin la preservación de lo sucedido, tarea que se delega primero en unos pocos, como los historiadores de todo tipo, y más reciente a menos aún, los capaces de operar los dispositivos en donde se almacena tal memoria. Lo que nunca ha cambiado es la acumulación acelerada de dominio que gozan estos últimos pues saber, que es consecuencia inevitable del recordar, es y siempre ha sido la clave del controlar. Tan importante es rememorar, que parece estar integrado a nuestra naturaleza humana, pues aunque no exista la información sobre lo acontecido, se inventa, en un mundo que hoy vive de historias sostenidas por un transcurrir que solo unos pocos, a los que casi nadie tiene acceso, poseen la opción de corroborar.
