Sudando la evocación

Si recuerdo la memoria que tenía de todos los números telefónicos de mis amigos y familiares, junto con sus fechas de nacimiento, se me hace fácil desarrollar un argumento sobre la veloz pérdida del pasado en las presentes generaciones, y sus consecuencias en los planos de poder y servidumbre en que se nos ha ubicado. Pero luego de deleitarme en las capacidades mentales de mi juventud, las cuales eran comunes entre todos los conocidos, intento pensar en los nombres de mis cuatro bisabuelas, tan solo tres generaciones atrás, tiempo tan corto que claramente veo los momentos que compartí con una de ellas, de la única que recuerdo como se llamaba, entendiendo entonces que la debacle que solidifica la incapacidad de narrar mi anterior cercano, lleva rodando por más décadas de lo inicialmente creído. El asunto es mucho peor cuando se piensa que las generaciones anteriores a Homero eran capaces de recitar “by heart” La Ilíada completa. El inevitable reino de la inmediatez que, de interesante manera es insostenible sin la preservación de lo sucedido, tarea que se delega primero en unos pocos, como los historiadores de todo tipo, y más reciente a menos aún, los capaces de operar los dispositivos en donde se almacena tal memoria. Lo que nunca ha cambiado es la acumulación acelerada de dominio que gozan estos últimos pues saber, que es consecuencia inevitable del recordar, es y siempre ha sido la clave del controlar. Tan importante es rememorar, que parece estar integrado a nuestra naturaleza humana, pues aunque no exista la información sobre lo acontecido, se inventa, en un mundo que hoy vive de historias sostenidas por un transcurrir que solo unos pocos, a los que casi nadie tiene acceso, poseen la opción de corroborar.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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