
Las historias eran viejas y nuevas a la vez. Tan presentes como la letra de una canción de Bad Bunny, y tan antiguas como el encuentro entre Cortés y Moctezuma. Así era la mezcla de lenguajes y tradiciones que los lectores contemporáneos de Homero tenían que enfrentar. Una buena estrategia narrativa a considerar por cualquier escritor, si es que se aprecia la longeva popularidad de La Ilíada y La Odisea.
Un texto literario puede ser una grieta por donde estudiar la sociedad desde donde se escribió. Pero también es el esfuerzo intelectual de quien selecciona el material que le ayuda a imponer una lectura sobre su presente que, en un futuro que dependa exclusivamente de la evidencia arqueológica, otro muy probable sería el entendimiento de lo que eran. El texto bíblico es un buen ejemplo del desfase que promueve entre lo que se quiere predicar y lo que la evidencia física es capaz de sostener.
A un médico se va por haber perdido, hace mucho tiempo atrás, la capacidad para entender las enfermedades y seguir el más apropiado de los tratamientos. Una ultra especialización de nuestra era que olvidó los históricos principios de una comunidad que compartía el saber, consolidando así la monetización del conocimiento, junto con una separación entre la información y las mayorías; la clave del dominio. Así, cualquier depositario de erudición presente que pretenda ser revolucionario, debería considerar la búsqueda de formas de separarse de la enseñanza oficial y repartir, mejor regalar, lo que sabe. El nivel de desprecio con el que se tenga que bregar, tanto de parte de los poderosos, como de los que aspiran a serlo con la ciencia, será buena medida para confirmar o ajustar el buen camino de la irrelevancia personal que con empeño se cosecha, esparciendo de gracia lo que se aprendió.
