
Acosar desde la rectitud, pendiente a alguna débil alma que exprese algo quizá incorrecto, para alzarse en la tribuna de la superioridad moral, junto a una cotidianidad que deja mucho que desear de quien promulga tanta bondad y justicia, como quien inunda un libro de marginalia por todo el espacio dejado en blanco por el impresor, sin nunca haber leído el texto.
Los barcos portugueses que venían cargados de oro desde Manila, desembarcaban en Malaca regalando todo su tesoro al rey local. Los consejeros de su majestad le sugerían no confiar en los blancos, a lo que la alteza respondía que poco se podía temer de un grupo tan pequeño que solo mostraban aprecio por la bienvenida. Sin embargo, y a insistencia de sus asesores, el rey decide preguntarle a los portugueses qué esperaban a cambio de tanta generosidad, a lo que estos respondieron que solo deseaban un pedazo de tierra no mayor que lo que ocupase un cuero de buey extendido. El monarca accedió de inmediato y los marineros no perdieron tiempo en cortar suficiente bambú para encerrar el pequeño cuadrado, procediendo a construir una alta torre de anchas aperturas. Los residentes curiosos preguntaban la razón del diseño, recibiendo la explicación de que eran solo ventanas para que el viento los ayudara a sobrellevar el calor tropical. Por las noches, cuando el poblado dormía, los portugueses desembarcaban cañones y armamento sin que nadie se percatara y, una vez terminada la construcción, las ventanas asomaron apuntando toda su artillería a la población. El resto es una historia de colonización que duró varios siglos.
En los tiempos en que Einstein escribió que la energía era equivalente a la masa del objeto multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz, nadie lo quería ni como maestro de escuela.
