
Cuando mi esposa desde Pangasinan habla con mi suegra en Massachusetts, lo hace sin la mayor preocupación mental de que pasado y presente coinciden en un mismo punto, siendo la velocidad de la luz en la comunicación, la responsable de crear una simultaneidad que comparte con el esqueleto que marca la hora en Praga, y las estrellas en la galaxia de Andrómeda, ofreciendo la desaparición, junto con los indicadores de tiempo, de la arrogancia de un sí mismo que se piensa foco. Sin centro se está obligado a repensarlo todo. Un desplazamiento del reflexionar que integra la eternidad en lo cotidiano, disolviendo de paso su tradicional ubicación en un futuro que también pierde sentido. El momento más importante es entonces el ahora, pero uno que comparte su privilegio con todos los posibles momentos. Esto añade una responsabilidad inmensa sobre nuestras acciones, eliminando la ansiedad de la irrelevancia, pues no importa lo que se haga o se deje de hacer, su proceder hará la conexión con alguna realidad que espera su turno para surgir a flote frente a nuestros ojos, sin necesidad de esforzarse en eliminar todas las demás. De lo que podemos estar seguro es que no hay tal cosa como afirmar que no pasará nada o, dicho de otra manera, todo lo que pueda suceder ya está inevitablemente sucediendo, liberándonos de la tarea de tener que construirlo, pues al ya ser parte segura de las posibilidades, solo nos resta vivirlo con la certeza de que existe. La diferencia es sutil pero clave, pues no hay que violentar lo que entendemos debe ser, sino vivirlo con la confianza de que es. Si se quiere paz, se vive la paz, no se hace la guerra para lograrla. Si se desea justicia, se practica a diario, no se tejen esquemas que coarten a los injustos. Si la meta es la extensión total del amor en beneficio del otro se ejerce, no se está pendiente con el “yo trato como me traten.” El deseado mundo ya está aquí, como siempre ha estado y la manera de desenterrarlo de entre las dimensiones que lo esconden, reside en su uso.
