
De niño primero vino de la piel el contacto, el sonido en el oído, el gusto, y el olfato. Pero no fue suficiente. Había otro nivel; entonces se abrieron los ojos. Un universo de información y emociones que, en su conjunto, hicieron los sentidos reventar en palabras. Desde entonces seguimos usando los primeros cinco, pero al final somos palabras; las escuchadas, las leídas, las escritas, y las habladas. El temor a la inteligencia artificial tiene que sustentarse en el superficial mecanismo con que los humanos nos hemos inclinado a hacer las cosas, convirtiendo el retorno a la profundidad humanística en la mejor fortaleza de defensa contra una máquina que jamás podrá alcanzarla. Habrá que siempre seguir a un dios, aunque sea el proyecto político, nosotros, o alguna idea incluyendo la liberación que pueda ofrecer el desecho de toda idea. Pero siempre parecemos necesitar un norte, un fin o entender los fundamentos de una existencia sin puntos cardinales ni tiempo. Con frecuencia comienzo sin terminar unos cinco libros, o diez, cincuenta y hasta cien. Esta última centena, invariablemente hace referencia a unos 30 de los comenzados, a los cuales regreso para leer sus segundos capítulos y estos, por lo regular, añaden unos 70 nuevos títulos creando una renovada lista de 100. Este fresco grupo sin fallar cita, reconociendo como influencia, algunos 10 de los iniciales 30, a los cuales regreso a leer sus capítulos terceros. De esa decena surge uno que es capital para todo el proyecto, siendo este el que termino. Sin embargo, luego de una vida de lectura, concluir un texto de tapa a tapa se hace secundario, pues hay tanta reflexión acumulada en los adentros, que una sola oración leída es capaz de desatar un diluvio de escritos, o quizás, el más logrado de los versos.
