
Comencé a leer a los seis años. Jamás me he detenido y cada año que pasa, el pasar de las páginas es más intenso que el anterior. Hoy, a la edad de 65 leo más que nunca y, paradójicamente, la también acelerada acumulación de títulos hace que la distancia entre lo leído y lo pendiente crezca de manera exponencial. Esto es, mientras más leo más me falta. En mi favor puedo decir dos cosas, primero, la cantidad y calidad de mis escritos también crece y, segundo, de los 11,000 volumes a los que tengo acceso inmediato, nunca me encuentro con uno que me sorprenda diciendo “yo ni sabía que tenía esto.” De ahí se explica la angustia que siento en las raras ocasiones que recuerdo un título que necesito consultar sabiendo que adquirí hace cuarenta años y no lo encuentro. Las posibilidades que me equivoque son nulas y toda actividad queda automáticamente suspendida por la incapacidad de proceder hasta que no de con el. Me puede tomar todo el día, pero nunca me he ido a dormir sin hallarlo, pues de todas maneras, no dormiría.
