
La búsqueda implica cierto conocimiento o concepción de lo perseguido, el principio de su existencia, se halle o no, claro en la distancia del horizonte o perdido frente a los propios ojos divinos. Hubo quien buscando plata encontró el amor, mientras el oro en abundancia se asentaba, con el señor que en soledad olvidaba por donde comenzó. La conciencia parece ser el universo mismo, a veces en forma de mariposa o tamarindo haciéndome pensar sobre lo que la energía es capaz, o en forma de mi esposa de la que sé mucho más, pues compartimos similares maneras de comunicar. La máquina también, por ser parte del todo, sería una expresión de las infinitas variantes de la conciencia, pero jamás podrá ser otras y mucho menos todas, como la complejidad de una abeja no puede entender ni mucho menos ser flor. Así lo mecánico, electrónico, digital y cuántico está limitado a la inmensidad de su belleza, sin jamás alcanzar a ser humano, ni ninguna otra cosa con el nicho único de conciencia universal que le tocó expresar, alternando engaños propios de protagonismo estelar. Los humanos somos como los imperios —y quizá todo lo demás— desesperados en su momento de declive final, como si el mundo sin su primacía se fuese a acabar, pensándonos más supremos que una estrella, alguna galaxia o su agujero negro que también se va disolviendo, mientras le sirve de ingenio central.
