
Hay objetos nuestros que nos sobrevivirán, impregnados de lo que fuimos, sin importar que nunca lleguemos a saber cuales y aún así, continúan hablando de nosotros. Lo que dicen varía con las épocas, como todo lo que representa algo, hasta que en su gran mayoría, si no todos, desaparezcan como también algún tiempo atrás, habremos desaparecido nosotros, reservando tan solo algunos artefactos y eventos que tipifican lo que al momento se piensa es el carácter central de lo humano y sus cosas. Es la continuidad de lo improbable que domina la existencia, donde cada una de nuestras cotidianidades es solo una entre trillones de posibles caminos, provocando el asombro perpetuo del que se detiene a considerarlo. Observar, reflexionar y registrar lo visto y pensado es entonces el ejercicio consciente de la maravilla, el goce inacabable del entendimiento que por lo limitado convierte su existencia en piedra preciosa, el más rico de los tesoros. Renunciar al pensamiento en el abrigo del impulso es el reverso de la radical esquizofrenia, la negación activa de la multiplicidad, el desesperado refugio que se entiende hallado en el compromiso con un único punto de vista que debe a toda costa defenderse ante la amenaza del caos, siendo lo inconmensurable el motor mismo de la existencia, el santo grial que mantiene vivas la curiosidad y el deseo, sin los cuales cuales el universo se detendría. Una comprensión que cultivada con paciencia y pasión nos ayuda en el deleite de un final que se asume con la sonrisa de la calma, aun cuando nos atormentara de niños.
