Oblivio

Conectados con la finura de un robusto pensamiento y el palpitar cultivado del corazón, los dedos abren caminos que contribuyen a la cartografía del territorio inesperado, descubierto por el novedoso ángulo. No se procura lo creativo así como no se busca el amor. Simplemente se observa con la misma intensidad que una vida plena encuentra siempre la pasión. A menos que la fuerzas del mal se confabulen e impidan, para beneficio de unos pocos, la manifestación plena del espíritu humano.

Un día los Bill Gates y Steve Jobs de la industria decidieron eliminar los floppy disks, luego los discos duros portables y en un chasquido de dedos desaparecieron los registros de billones de personas e instituciones. No lo pensaron dos veces ni consideraron las consecuencias para la humanidad, más allá de su deseo de innovación y ganancia financiera. Se guardaron por algún tiempo estas memorias en las gavetas personales de los usuarios, con la esperanza de que siempre existieran o quizás se fabricaran en un futuro, máquinas y formas de recuperar lo temporeramente perdido, y así fue. Pero la larga espera venció a la paciencia y la basura se tragó mucho más que lo que jamás pudo ningún fuego en la vieja Alejandría. Hoy se pueden conseguir con dificultad y demasiado tarde instrumentos que lean este legado. Pero la inmensa mayoría de una memoria en su desvanecer tuvo beneficiarios que no fueron sus creadores y mucho menos sus nunca realizados lectores.

Parte de lo que hoy ocurre con el menosprecio del pasado y la reflexión instantánea que depende solo del momento, encuentra su raíz en este tipo de coordinados eventos. La prevalencia de una actitud mayormente masculinidad que inútilmente insiste en su capacidad de, en cualquier momento, entenderlo todo y que, de manera sorprendente —sobre la que se debe teorizar—, ha desbancado, por lo menos por el momento y con intenciones claras de permanencia, la agresiva timidez del pensamiento igualitario.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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