Comelibros

Hay ecuaciones matemáticas que intentan describir el comportamiento de todo lo que pueda fluir, como los líquidos o el viento. Son maravillosas, hermosas y residen impresas en los libros de mi biblioteca. Con frecuencia las visito. Nadia las ha resuelto. Son muy difíciles. Tanto que hay un premio de un millón de dólares para quien lo haga. Tampoco se calcula todavía, ni siquiera hay fórmulas propuestas, para el flujo del pensamiento o los caminos inspirados del alma. Quizá porque el valor monetario para los vencedores sería inimaginable.

Algo paralelo ocurre con los números que solo se pueden expresar como el producto de dos factores, siendo estos últimos el uno y él mismo. Por ejemplo 2, solo tiene dos factores 1 x 2 = 2. Lo mismo pasa con el tres (1 x 3 = 3), con cinco (1 x 5 = 5), siete (1 x 7 = 7) y así sucesivamente con los números 11, 13, 17 y 19, tentando a postular un patrón que por lo regular van creciendo de dos en dos. Pero la lista continúa con 23, 29, 31, 37, 41, 43, 47, 53, 59, 61, 67 y 71, …, retando toda aspiración de modelo sencillo. Lo especial de estos números, llamados primos, además de su carácter infinito, se conoce desde la antigüedad griega, quizá desde los inicios de las civilizaciones egipcias y del Mesopotamia. Sin embargo, no fue hasta principios del siglo XIX que el matemático alemán Carl Gauss formalizó su comportamiento y naturaleza en lo que se denomina el Teorema Fundamental de la Aritmética, el cual rigurosamente prueba que todo número se puede escribir como el resultado de una multiplicación que solo usa números primos. Así 6 = 2 x 3; 20 = 2 x 2 x 5; 100 = 2 x 2 x 5 x 5, haciendo de los números primos los bloques con los que se construye la totalidad de la aritmética, siguiendo de esta manera la misma lógica de piezas pequeñas con las que se edifican cosas mayores, como los organismos, y todo objeto inanimado usando genes y átomos.

El incremento de la velocidad ha sido, desde el principio y hasta el presente, el sello de nuestra especie, no siendo a la vez evidente que nuestros alrededores compartan la característica. El universo en general tiene sus hoyos negros. Focos donde la creciente rapidez domina el escenario y hacia donde, bien posible, todos nos dirijamos. Se acostumbra uno, y aún desde el punto de vista científico, todo debe de parecer igual según nos acercamos con incrementada rapidez a estas acumulaciones llamadas singularidades, en donde una cantidad infinita de masa tiende a concentrarse en un punto infinitamente pequeño, incapacitando la determinación de nuestra velocidad, pues el tiempo tiende a detenerse.

Salir corriendo es permanente susurro en nuestros oídos, en una sociedad donde la aceleración de los eventos resulta abrumadora y, a falta de los medios para físicamente desaparecer, con regularidad se opta por el retiro mental en donde, cual si singularidad, todo avanza tan veloz, que el tiempo parece dejar de correr. Como cuando me siento por horas que pasan desapercibidas en el consumo de las ecuaciones de Navier-Strokes, la hipótesis de Riemann sobre el trayecto que siguen los números primos, la lógica de agujeros negros que determina nuestro comportamiento global, o la momia egipcia de la era romana que recientemente fue hallada, con la lista de las naves que fueron a la conquista de Troya, parte del capítulo II de la Ilíada, dentro de la cavidad torácica y su estómago.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

Leave a comment