Hábito

Un pedazo de sol navegando lento por el suelo, me hacía creer en el engaño de mi tiempo, mientras una oruga avanzaba veloz, consumida por la angustia de salvar el poco que le quedaba.

En ocasiones hay belleza en el producto de barajar palabras todo el día. La energía para continuar aún fluye de la sonrisa de mi niño chapoteando agua en su pequeña piscina, hará algunos quince años.

Es de noche que imagino los días. Así al verla la primera vez supe de inmediato quién sería. Cuando digo mi nombre es información, pero al decirlo tú se crea otro universo. Inimitables besos tendidos en el cementerio, que escarban queriendo regresar, solo para hundirse más adentro.

En un diario de acertijos, donde todos juegan para engañar, el cuarto de los libros es libertad, para ordenar las letras de un presente disfrazado de pasado. Allí las estrategias andan plasmadas, repletas de sus variantes, y todo lo posible, fuera de mi ventana, fue ya historia escrita, material para la estrofa, la seductora narrativa, cuando mi soledad te acuchilla y tu monstruosa faz, sin abandonar su ira, se sienta a mi lado y susurra en donde fue que quizá escondió, los cofres de la sabiduría, que al pensar hallarlos y abrirlos revientan en colores, que tiznan la algarabía.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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