
Hay llantos escondidos en las viejas cajas. Esas que en años dejan de abrirse para que la lágrima no escape y termine surcando, cauce abajo la mejilla. Humedad que anuncia el lento andar del caracol y su nostalgia. Una luz que simultánea de final y principio asegura la longevidad de la sombra. Chocar rítmico sobre el tambor de la tierra capaz de alterar la calibración de los interferómetros. Cofres que guardan la documentación del músculo ágil, siempre listo, ansioso, como si para cuando hoy necesitara probar al incrédulo, inhábil en imaginar floreciendo, lo que percibe casi muerto. Hay sin embargo destellos que inesperados se cuelan por entre las pilas, corroborando que la oscuridad sería sin ellos un sinsentido. Llamas que no se intimidan con la noche y para más, deciden cortarla en anárquicas punzadas, mariposas inatrapables entibiando el campamento. Así los muros de Jericó no se recuerdan por su solidez, tanto como por las voces que los destruyeron. Agua salada nacida de la tristeza que ahora baña, limpiando, toda la costra pesada que de más cargaba el alma.
