Regresar al otro

“Agradeciendo sobremanera a la revista, aquí les comparto la publicación de mi trabajo,” me recuerda mis años de estudiantes universitario en el siglo pasado, donde profesores asignaban sus propios libros como lectura requerida. Es hoy el pináculo en la era de la autopromoción. La imitación incuestionable del espíritu que los políticos han instaurado como norma. Es un tren desbocado que, aun considerando lo problemática e inseguras que por lo regular suelen ser las predicciones, parece ir en dirección irrevocable hacia su despedazadora colisión. El mundo no puede vivir en tal extremo — ni en ningún otro—, y la cooperación que desestima el ser propio en favor de la comunidad necesita regresar, en el balance cíclico del péndulo. La profunda oscuridad de una noche fría que clama por el caliente sol y, aunque no para todos es garantizado, nuestra estrella siempre aparece al otro día. Es así, con la alternativa prudencia del que ha estudiado y piensa que, en cuanto al porvenir se trata, siempre se debe apostar a lo contrario que todos hacen. Y claro, el beneficio va más allá de una simple movida en el casino de la vida pues, aunque todo apunte a lo opuesto, los tiempos cuajan y maduran un espacio para lo que tendrá que venir en respuesta a lo absurdo y, al no haber escasez entre los que se proyectan salvadores pero que si se escarba, se conoce con rapidez que son el otro bando de los ladrones que en contraste gustan de robar con fineza, en lugar de con brutalidad, tarde o temprano, si no es que se prepara algo realmente novedoso y revolucionario, la mayoría, como es su costumbre, celebrarán y se conformarán con el regreso de los tibios, incapaces de enviar los aspirantes a leyenda al país de los ocasionales recuerdos, introduciendo tal vez un largo periodo de alternados reemplazos sin cualidades de imponer su visión, excepto en la extensión o expansión en el privilegio de los ya privilegiados. Pues cuando hay hambre y aprieta, se hace lo que sea por alimento. Pero si no aparece, se acostumbra uno a buscarle nuevos nombres que hagan más llevadero un estómago vacío.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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