
El sonido constante e inmutable se percibe como silencio.
No hay tal cosa como el autoexilio, pues las necesidades que convencieron al intelecto, la razón de la partida, fueron las que con el alboroto el lugar de origen ocultó su inhabilidad de saber o querer proveer, obligando a buscarlas en el extranjero, la definición misma de exilio.
Mis interlocutores se sorprenden al escuchar que aún existen algunos doscientos idiomas vivos en Las Filipinas. Para minimizar el asombro gusto añadir que en un lugar mucho más pequeño como la ciudad de Nueva York, se hablan más de ochocientos diferentes lenguajes.
La muy antigua manía oficial de tallar victorias en piedra, fuesen ciertas o no, aún continúa, aunque por lo general, las almas de las piedras han sido dejadas en paz, optando por superficies mucho más extendidas y por lo mismo, más frágiles. Si algún día el vulnerable hilo del que cuelga nuestra civilización fallara, las piedras egipcias, mayas y persas intentarían de nuevo contar su verdadera historia. No sin olvidar que de todas las fotos de la aparente desolada Luna, Marte y los cometas, han sido las recogidas rocas, sin necesidad de escritura humana, las que mejor nos dicen lo que son.
Los abuelos de mis bisabuelos construyeron la isla que a veces invento. Una callada lejanía de misterioso entendimiento que modelo, con ecuaciones preliminares de remolinos azules, creadas en el principio de los vientos.
