
El peso del cansancio que el contacto con el mundo causa, provoca en su lugar buscarlo en el espejo de los libros que se leen y escriben. Así con el tiempo, las palabras toman otros significados, y la extrañeza que pareció ser sólo para sí, halla un inesperado puñado de personajes y universos dispersos por la inmensidad detrás del reflejo, olvidando que fue lo que en un principio se quiso olvidar. Pero la búsqueda personal es interesante hasta que se pone de moda. La diferencia que aún la mantiene singular, el abrazo profundo a la estudiada soledad, es antídoto para la engreida superficialidad que, en su intento de originalidad, repite. Hay a quien pueda preocuparle las consecuencias de un aislamiento prolongado, la desconexión con la práctica que la mayoría entiende como lo real. Mas es un mito. El mero roce con cualquier objeto o situación de la llamada cotidianidad será suficiente para caer en tiempo. Como quien que se ve exilado por décadas y de regresó al aeropuerto, inmediatamente sabe que ese olor antiguo es de alcalurrias. Se está listo entonces para la compaginación única de diferentes espacios, teniendo como resultado una aportación de la cual nadie más podría ser capaz. Un arte que pule el yo con menor altanería divina y mayor sumisión al bien común, buscando desaparecerlo en el anonimato del regalo. Es el espíritu del maestro que dispersa su reflexión en el salón de clases, para en raras ocasiones presenciar lo que espera será su florecimiento, lejano en el futuro y aún así, vivir complacido con el proceso.
