Luego de la conquista de Tenochtitlan en 1521, y a la hora de repartir el botín azteca, los capitanes españoles que sintiéndose timados, se aseguraban de que las blanquecidas paredes de los palacios en Coyoacán, donde se instaló Cortés, amanecieran llenas de graffiti que en carbón maldecían con palabras soeces que ya hoy no acostumbro repetir. Queriendo hablar con un vidente, que ya nadie encuentra para consultar, la disputa se resuelve a cuchillazos, o si letrados, en las cortes de la palabra, sin saber a quién los dioses habían decidido inicialmente culpar. La muerte y los heridos a todos parecieron calmar, aun con murmullos escondidos que dudaban si fue justo lo sellado. Un cuchicheo que aparentaba desaparecer en la larga historia venidera, hasta que un día, sin saber muy bien el porqué, resurge virulento y masivo, en más de una ocasión, con promesas que quedan tan incumplidas, como las que pretendió resolver.
Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.
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