
En los eneros de Boston, ya para las cuatro de la tarde, los corazones adquirían el ritmo oscuro de la noche. Fijo en su rotación solar, el planeta establece longevos ánimos en sus diferentes zonas. El Caribe caliente que me vio nacer, me hacía sentir el abrigo navideño como símbolo de una época diferente, aunque sus mediodías fuesen igual de calurosos que el resto del año. Asi, los seis meses en sombras de 15 horas que con 26 años de edad cayeron imprevistos sobre mis espaldas me obligaron, de forma fugaz, a modificar mi perspectiva de las temporadas, y sus bruscos cambios sobre las rutinas. El inglés mediocre de las escuelas en Puerto Rico, combinado con mi resistencia natural de aprenderlo, hicieron de los principios del exilio una pesadilla. Por esto, luego de par de años, la primera noche que soñé en inglés, junto con mi primera calificación de A en un escrito que entregué para tarea, trajeron una dulzura inesperada a mi desesperada angustia. Un punto de inflexión que transformó el resto de mis tres décadas en las tinieblas, en caminata que cargaba su propia luz a cuestas. Noté entonces que buena parte de mi niñez había sido así, soledad en medio del bullicio que no sabía nada sobre los libros que leía, determinando el resto de mi existencia en cómoda trayectoria que escribe lo que casi nadie consulta. Una especie en permanente peligro de extinción.
