
El futuro no brinda información alguna de datos, y los que se escarban del pasado no representan verdades trascendentales, sino sólo el significado que le daban los usuarios de su momento. El investigador y lector puede intentar aminorar la visión que su tiempo le atribuye a las viejas narrativas, sin estar completamente exento de asignaciones incompatibles con la época que estudia, pues el presente contiene también la problemática de un flujo caótico de significados que se batallan y transforman de manera veloz y que, por su validez incierta y pasajera, alimentan sin cesar el fantasma de la obsolescencia. A mí la reducción dramática de certezas no me quita el sueño, por el contrario, con un puñado de clásicas y probadas verdades me basta, pues más allá de “solo sé que no sé nada” y “amar al prójimo como a ti mismo” casi todo lo demás se reduce a conversaciones interesantes con potencial de reflexión, que fácilmente se salen de las manos en cuanto alguien pretende haber hallado “el camino” y nos quiera obligar a seguirlo.
