
Para mediados del siglo pasado, finales de la Segunda Guerra Mundial, György Lukács definía la irracionalidad como el modo característico del pensar conservador. Una idea que en el contexto de su tiempo no requería mucha elaboración. Casi siete décadas después, y para sorpresa de los muchos que veían en la racionalidad la persistente de lo necesariamente obvio, el pensar del filósofo húngaro permanece válido. Setenta años donde la intelectualidad marxista y liberal desaprovecharon su oportunidad para la justicia, insistiendo en parchos que solo garantizaban su enriquecimiento y estadía en el poder, abriendo la puerta para que la misma frustración que recibió el fascismo el siglo pasado vuelva a manifestarse y, en su confusa reacción frente a los eventos del hoy, tienen todavía poco de novedoso, en el esfuerzo por vendernos una cartografía que divide las fuerzas políticas entre locos y cuerdos, sin sombra alguna de reconocimiento de su papel en la presente debacle, haciendo de una nueva forma de entender la sociedad, necesidad imperante.
Tanto insistían en negar su naturaleza, que hacía obvio de dónde venían, viciando un aire que todos se veían obligados a respirar, hasta que algunos comenzaron a considerar la creación de su propio oxígeno, en otras palabras, el origen mismo de la novedad. Así la paralización de la asfixia que a tantos lleva al pánico de querer agarrarse de lo que sea para sobrevivir, se convierte en el improbable paraíso de los que se desconecten del ensordecedor estruendo y se dedican a la construcción de lo pertinente, el arte que se libera de sus adentros. Pues antes de los árboles y las plantas, y aun en la actualidad, los recónditos fondos del mar producen oxígeno sin necesidad de fotosíntesis ni luz solar.
