El más antiguo de los grupos humanos, en su empeño de nombrar de las cosas, sentaba las bases de sus complejas cosmogonías, todas ellas tan válidas como las que hoy usamos. Lo que aún no sé es cómo, en el profundo pasado, se trataban las opiniones diversas que observaban fisuras en un sistema incapaz de explicarlo todo, como cualquier andamio intelectual. Pues de haber existido solo escarnio para el disidente, entonces se podría hablar de nuestro avance en una comunidad de científicos que le dan la bienvenida a la nueva observación (ejemplo, el telescopio James Webb) que agrieta las cosmogonías más aceptadas de nuestra generación. Por otro lado, no sería la primera vez que se descubre que los humanos hemos sido siempre humanos, y que quizá la celebrada emoción de lo nuevo que mejora o sustituye lo caduco, siempre anduvo entre nosotros.
Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.
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