
En el Londres del siglo XVII, ser curioso, se fuese académico o no, por lo regular implicaba un deseo ardiente de abrir un laboratorio en su casa. Esto hicieron Locke, Boyle y Hooke, entre muchos otros lectores voraces de Descartes, y navegantes ejemplares de la nueva ola que despertaba en el espíritu de la época, donde “observación, hipótesis, experimentación y teoría” era el mantra que orientaba el norte a seguir. Desahuciadas las musas, quedaba la dulce soledad para ordenar el dato. Una fascinante distracción que olvidaba las rendijas de un taller por donde los espíritus que insistían en colarse se nombraban ahora intuición, viendo el creador del sistemático esfuerzo que eso era bueno, desatendiendo también la puerta que dejó entreabierta para que el ladrón de la gloria declarara como único necesario el instinto, enviando el rigor al mismo lugar a donde habían sido exiladas las piérides. Pero es tarea inútil querer desterrar cuerpos hechos de vientos, y el declarado triunfo de la Ilustración sucumbe ante Romanticismo, así como el Positivismo Lógico presenció incrédulo el Existencialismo. El ideal de la Inteligencia Artificial tiene entonces su destino también escrito en alguna pared que amenaza con desmoronarlo, frente a los huracanados sentires del inesperado arte y la loca imaginación humana.
