Notas del prolongado adiós

Asediado por una aterradora paz construida en el aire de un cuarto que obligaba a respirarlo, los enfermeros le informan que venían para hacerlo caminar. Una declaración que le pareció tan increíble y fuera de orden, que por un segundo pensó estaban gastándole una broma. Pero no, hablaban en serio, y la idea que se le ocurre de explicarles el horrible dolor que aún sentía luego de la operación, le pareció a él tan contundente, como inútil para quienes era razonable suponer ya sabían y habían decidido el camino a seguir. Así, tanto la inaplazable caminata por el pasillo de hospital como el predicho dolor se manifestaban cual si disfrutando imponerse contrarios a su parecer sobre el deber y las cosas.

Para empeorarlo todo, detrás del equipo terapeuta que partía, llegaba el de la evaluación sicológica, pues se temía que el desastroso accidente hubiese afectado su percepción de la realidad. ¿Qué color tiene la sábana? Fue la primera que le lanzaron y él, agraviado por el día que estaba teniendo, y sin mencionar los eventos que lo llevaron a esa cama, les dice que depende. En luz natural, azul pálido, pero en ultravioleta o infrarroja se vería muy diferente. El rascar excesivo de los bolígrafos no se hizo esperar. ¿Cuántas representa? Una, contesta y añade, sería la respuesta más común. Pero si la representación a la que se refieren, dijo, tiene que ver con el género universal de sábana, pues el numero sube considerablemente, aún más, si cada pedazo microscópico del paño que cuenta como sábana se considera, ni hablar del astronómico numero de átomos que se repiten y todos en su apropiada combinación organizan la estructura mínima de lo podría llamarse sábana. Si por otro lado, continúa, la cantidad que busca es su área o quizá su peso, los números también variarían. En fin, que en cuanto a color y número, no solo de la frisa, sino de cualquier cosa que hubiese preguntado, tendría un número infinito de diferentes repuestas, todas relativamente correctas, probando que estas dos cualidades no forman parte intrínseca de la sábana, ni de cualquier otra cosa.

Intentando apelar al espíritu que trajo al nacer, hacía lo posible por afirmar su personalidad, siendo evidente que su machucado cuerpo no estaba ya en condiciones de hacer lo acostumbrado, amenazando con hacerse evidente para los demás, como suele suceder, en el preciso momento de su desaparición. Como si en su camino de regreso a casa el alma esparciera, aunque fuera por breve, la frecuencia exacta de energía que abre los sentidos de los presentes, y aun de los ausentes que estaban atados de alguna manera al cuerpo en vida, sembrando una resonancia en el recuerdo que con dificultad desaparece.

Es el precio a pagar por quien se canta solución, y en un verbo capaz de convencer a los que dándole la oportunidad de desarrollar su existencia, le regalan igual sin saberlo, el inevitable fracaso. La puerta de despedida donde solo la memoria es capaz de guardarla y remodelarla, en su posible nuevo intento. La permanente promesa de la resurrección. La idea brillando en su ausencia, ofreciendo un ángulo para los que con dolor rotan sus cuellos, buscando hacia donde mirar. La búsqueda exhaustiva y detallada de la carta robada de Poe, para al final descubrir que siempre estuvo frente a sus narices.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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