
¿Por qué me mientes diciendo que vas a Santurce, para que crea que vas para San Juan, cuando es hacia Santurce que te diriges? La flor no sabe de miércoles pero sí de primaveras. Es recordarse de niño para saber quién siempre fuimos.
Como conocen que escribo, los residentes del apartado poblado me piden que les redacte sus cartas. Un antiguo ejercicio que sobrevive aún en lo recóndito, o sobrevivía, pues ahora usan Inteligencia Artificial, dejándome la dicha de dedicarme de lleno a mis escritos, productos de una mente y corazón que ningún programa digital podrá jamás producir.
Es un divertido baile de máscaras donde el más indeseado es el inefectivo impertinente que decide señalar la falsedad de los rostros. Por eso de anciano se añade, a la lámpara de la búsqueda, de bastón un palo. Pues sacudiendo la tontería del joven parece como si desapareciera la que aún se esconde en nosotros, siempre siendo mi pena el sueño de algún ajeno. La confesión a un deseo que advertía no haberlo visto desnudo.
El relato se luce en el olvido del objeto. Amor que se revela en la composición única de todos ellos. Pluma que fluye mágica cuando al unísono se deja capturar por el conjunto de lo leído, en un instante el horizonte, sobre la estela lo vivido.
