
Platón definió la política como el ejercicio responsable de los habitantes en los asuntos de la ciudad, sin tener que preocuparse en aclarar que mujeres y esclavos no contaban. Esta definición se extendió hasta el fin del imperio romano, donde la desaparición del centro urbano en Europa deja un espacio que es ocupado por la iglesia. Una alianza entre monasterio y palacio real donde ser buen cristiano se convirtió en loada práctica de una ciudadanía de los cielos en la tierra. Había por supuesto todo un mundo invisible más allá de la empobrecida península del Asia, y las grandes metrópolis persas y chinas mantenían una continuidad ideológica, intencional o no, con la antigüedad. Incluso las ciudades de la futura América definían su carácter en función de la urbanización, aun cuando el elemento religioso era parte fundamental, entendiendo así mejor el choque de la conquista. Una rularidad que traía la Biblia como documento ético de referencia, imposibilitada de comprender el urbanismo prehispánico, y mucho menos la metafísica que la sostenía, haciendo inevitable la destrucción de lo hallado. Es probable que la práctica de la mentira recalcada con intención de imponerla como verdad sea más antigua que estos eventos, quizá de los tiempos en que la necesidad de sostener lo que se gusta creer entra en alianza con los beneficiarios de tal narración. No hay ni nunca hubo tal cosa como la gran muralla china, ni mucho menos su capacidad para revelarse a los astronautas.
