
Manos y pies son variaciones de un mismo tema, como todos los colores son el resultado de ajustes a la similar onda electromagnética que los produce, la continuidad encerrada entre la infinitud del salto.
Las valerosas cabezas militares de la antigüedad descuartizaban al enemigo sin impunidad, para luego llorar frente a sus propios soldados, siendo la destreza en la estafa fuente de admiración y orgullo. La idea del restaurante destruye la costumbre real de preparar con sus propias manos la comida que honra la visita, aun teniendo numerosos sirvientes. Barbarismos que parecen esconder la temblorosa vena de una ética que se niega a desaparecer, manteniendo abiertos los caminos de un humanismo que luego cobra vida, junto con el perenne ciclo de su cercana desaparición y resurrección.
Las palabras júbilo y batalla comparten una raíz indoeuropea. Los antiguos pensaban, sentían y se expresaban con y desde las tripas; el centro de lo que entendían por conciencia. Haciendo del fuego interno la fuente más confiable para decidir la acción, en un tiempo donde a Descartes le faltaban siglos por nacer y empapar nuestro presente con una clara división entre el sentir y el pensar. Pero la desconfianza de los sentidos era ya platónica y Sócrates sembraba los orígenes de un entendimiento total que solo era posible con la muerte, la separación del cuerpo y alma que, en su reunión con lo eterno, se liberaba de las trabas y engaños de la sensación carnal, solo para que lo erótico regresase hoy con la fuerza de lo que el veloz análisis del momento piensa novedoso.
