
El silencio lo despertó. Las voces partieron sin avisar y mucho menos decir adonde. Aun así veía labios moverse y manos gesticulando, con el ocasional movimiento de brazos y cuerpos. Sintiéndose extraño cerró los ojos a ver si el sueño regresaba con los sonidos, pero fue inútil. Había desadormecido en el sigilo, alerta y sin sonoridad como herramienta para interpretar sus alrededores. La espera por el cansancio de la noche le pereció eterna. Cuando eventualmente se quedó dormido, el retorno del escándalo y lo musical le causaron gran melancolía, al saber que en unas seis u ocho horas regresaría el mutismo general. Durante el día nadie parecía notar su sordera, tomándolo como un tipo de pocas palabras. Sus reportes escritos y producción manual permanecieron inalterados, y esto ayudó a la normalidad. Hizo intentos de comunicarse con palabras y, aunque sus labios se movían, nadie parecía prestar atención a sus palabras, las cuales persistían tan irrelevantes como lo eran las que salían de otros labios. Al pasar de las semanas y los meses llegó a pensar que la vida había sido siempre así, y que los sonidos pertenecían al mundo onírico, el único en donde parecían existir. Hace ya varias décadas que pasa los días sin escuchar a nadie y sin que persona alguna lo escuche. Las conversaciones, fragmentadas y dispersas, solo ocurren cuando anda soñoliento, y todos parecen aceptar que las cosas son simplemente de esta manera.
