
El Sócrates del Fedón entendía que los filósofos deseaban la muerte, aún sin saberlo. Con el alma atrapada en un cuerpo que los obliga a intentar entender las cosas a través de los sentidos, según Platón, una tortura para un pensar que de entrada descubre que pocas cosas hay más engañosas que el ver y escuchar, para saber sobre lo que se tiene de frente, y mucho menos explorar las preocupaciones del razonamiento. Siendo que la muerte ofrece liberación de las limitaciones corporales para el alma, fuente última de la curiosidad, la armonía y la belleza, queda esta también sin ataduras en su reencuentro con los dioses y acceso directo a la verdadera naturaleza de las ideas y las cosas. Nadie sabe del proceso de desunión, ni sobre los posibles pasos de tal separación, pues no es agradable a los dioses precipitar un fin de manos propias. Inesperado, puede ser entonces súbito o puede ser en etapas, como dicen algunos, que ciertas sensaciones persisten por algún tiempo luego de la muerte física, lo cual de ser cierto, implicaría una atadura algo difícil de romper, entre el alma y el cuerpo que la sostuvo por el tiempo de vida terrenal. Pues por más celestial que sea nuestro espíritu, como a cualquiera que abandona su lugar de origen, bien sea por voluntad propia o forzado, y termina pasando largo tiempo en otro país, deja poco a poco de ser lo que era, como si desterrado aún soñará y percibiera los olores de su infancia, los colores de la juventud. Lo reverso sería también prudente considerar, esto es, un alma que ahora le toca residir en un recién nacido, traería consigo una pureza e inocencia, sello de los infantes que nos enseñan a recordar el mundo como debería ser, y no como lo hemos configurado.
