
Los bien antiguos nos dejaron la idea de la exquisita escultura enterrada y rota, a propósito, en la ciudad destruida y sepultada adrede. Un llamado a la especulación sobre sus intenciones, la sugerencia de una claridad que entendía de finales que debían ser reafirmados, si es que se procura la bendición del nuevo principio. Es imposible borrar los recuerdos, pero a la vez no son eternos, en especial si la evidencia de lo que fue desaparece para las futuras generaciones. Eliminar por completo no siempre triunfa. Después de todo, hoy existen excavaciones especializadas que nos ponen a pensar sobre las razones de los primeros ciudadanos, investigaciones hermosas y sembradas de incertidumbre.
Diga si desea que lo que hay es un culto a la ignorancia, y hallará evidencia por todas partes. Quizá ahí está el problema, en el desprecio por los que no pudieron entrar en el mundo de la educación, por culpa de las estructuras de privilegio existente y, para añadir golpes a la injuria, hagámoslos responsable por la construcción de un fracaso del cual ellos no fueron parte. A finales del siglo pasado fue muy popular “The revenge of the nerds.” Los estofones de la clase que eran objeto de burlas y que con sus estudios, terminaron revolucionando como dueños el mundo tecnológico. Hoy son otros los que implementan su revancha.
La rigurosidad que leo en las páginas de Habermas es una advertencia estruendosa contra la tentación de planteamientos y análisis que pretenden arropar la complejidad de cualquier situación, en una declaración que pensándose lista, solo oculta la pereza hacia el detallado y extenso trabajo que requiere entender cualquier cosa, y la necesidad patológica por la inmerecida atención de los demás.
