Cementerio de identidades

Es posible enlazar 1,000 argumentos matemáticos con sus respectivas conclusiones y, al final de la cadena, permanecer correcto. Si se piensa que la matemática es el lenguaje de las ciencias, la extrapolación es alucinante. Aun así, y evitando la homegeneidad, como es su costumbre, el mundo de lo exacto, en la creativa búsqueda de nuevos campos que, mientras más inexplorados e inimaginables, más atractivos se hacen, las matemáticas muestran una alternativa al proyecto de la nación que insiste y logra que todas las ciudades y pueblos dentro de su territorio se parezcan, enarbolándolo como logro y bandera a proteger, ante toda extranjera maldad. Sin embargo, nada le es extraño a los constructores de teoremas y pruebas y, cuando la realidad se les hizo caótica o indeterminada, descubrieron el mundo de la probabilidad y la estadística, no sin dejar de mencionar los clásicos hallazgos como la diagonal de un cuadrado de una unidad inaugurando el desconocido mundo de los irracionales, y la ocurrencia de buscarle la raíz cuadrada a una cantidad negativa y desenterrar los números imaginarios, claves hoy en la electrónica y la mecánica cuántica. Felices con la aceptación y promoción de modelos incompatibles que de manera diferente explican el mismo evento de forma correcta, se frotan las manos ante la idea de trabajar su unificación, desbordados de placer si en el proceso hallan aún más estructuras lógicas que añadan al inventario de lo disperso y desconectado, como si una pletora de espíritus le dictaran la interminable multiplicidad y dichosa coexistencia de los incomprensibles secretos que guarda el universo, preparándoles para el glorioso momento donde puedan derrumbar con solidez su previo pensar y, ante la luz pública, anunciar nuevos paradigmas que en discrepancia explican todo mucho mejor. No son pensadores sociales lo que tenemos aquí, empecinados en el dogma que alguna vez parecía que iría a funcionar a la perfección, condenados a una repetición que no acepta ajustes, sino la encarnación misma de la filosofía, enamorada del saber y comprometida solo con la pregunta.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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